Jesús Torres, actor y escritor

Entrevista

Jesús Torres es un actor andaluz conocido en el ámbito teatral por espectáculos como Puños de harina (Premio SGAE 2019, Premio Ciudad de Palencia Mejor Actor, Finalista Premios Max y Premios Cinemagavia, entre otros), del que firma además la autoría y dirección. También ha creado e interpretado la obra Poeta (perdido) en Nueva York.

Después de años de experiencia sobre las tablas, da el salto al audiovisual participando en proyectos televisivos como Desafío Ben10 (Boing). Combina su carrera artística con la escritura y el diseño de videojuegos.

E. ¿Qué puede verse en "Puños de harina"?

Jesús. Puños de harina es un espectáculo teatral en el que llevamos a escena dos historias. Por un lado, la historia de Saúl, que es una historia ficticia. Se trata de un joven gitano que en los años 80 su padre le obliga a boxear para convertirlo en un «hombre de verdad” porque Saúl descubre en su adolescencia que es homosexual.

Ahí tenemos una primera relación con el boxeo, con la violencia que se ve complementada con una segunda historia. Es una historia real y es la historia que más atrae al público cuando viene al espectáculo, que es la historia de Rukeli. Es la historia de Johann Thomas Rukeli, el boxeador alemán que en la época de la Alemania nazi desafió a Hitler porque le quitaron un título de campeón de boxeo semipesado y tuvo una hazaña que lo convirtió en un ídolo y en un referente de la cultura gitana de la época.

E. ¿Qué te llevó a utilizar la figura de Rukeli para hablar de la homofobia durante el Holocausto?

Jesús. Por supuesto que Puños de harina habla de la homofobia, de la violencia, de la marginación, pero el motor que me llevó a escribirla fue la masculinidad. Porque yo descubro la historia de Rukeli a través de un recorte de El País que decía que la Asociación para el Deporte de Alemania le devolvía de forma honorífica el título de Campeón de semipesados a Rukeli, y esto fue en el 2003. Reukeli fue asesinado en 1943. En 1933 fue cuando gana y le quitan el título a los 8 días y en el 2003 se lo devuelven. Y el titular era “Le devuelven el título de campeón al boxeador que “no era un hombre de verdad”.

Leyendo el artículo, vi que la prensa de la época dijo que Rukeli no era un hombre de verdad, porque bailaba como un gitano. Rukeli era un boxeador que boxeaba de una forma muy moderna ahora, antes el boxeo era un deporte muy pesado de aguantar golpe. Y Rukeli sí que era algo más como Ali, hacía un deporte más ágil, de piernas y parecía que bailaba. Como era gitano, decían que bailaba como un gitano, no como un hombre. Y cuando le dieron el título, eso implicaba un premio de 1000 marcos, para una persona que estaba en la pobreza como la familia de Rukeli eso era hacerse rico, y Rukeli lloró en el cuadrilátero. Y la prensa dijo que una persona que bailaba como un gitano y lloraba como una mujer no merecía representar a Alemania en un juego tan varonil como el boxeo.

Entonces trata esa idea de que un boxeador, con el estereotipo masculino que supone, en el acervo mental de cada uno. Para mí era algo muy masculino. Y además hablaba de un boxeador que “no es un hombre de verdad”.

A partir de ahí empecé a darme cuenta de que la historia hablaba de la masculinidad frágil, y ahí empecé a pensar sobre cómo pueden apoyar los hombres el movimiento feminista, cómo repensarnos, la obligación de –desde mi propia situación de privilegio- poder repensarme. Porque las mujeres están todavía buscando su sitio y yo estoy con el privilegio de repensarme. Es decir, que desde ahí busqué cómo yo podría contribuir de alguna forma a ese forcejeo mental que debemos tener ahora para recomponernos y situarnos en algún sitio. Y ahí creía que la historia de Rukeli, ese “hombre que no era un hombre”, ese boxeador que no era tan hombre como se le pedía, podía ser interesante.

E. ¿Qué respuesta ha recibido la obra por parte del público?

Jesús. Es interesante porque Puños de harina parece que es un espectáculo “para hombres” pero que también gusta mucho a las mujeres porque ven cómo nos damos hostias los hombres a nosotros mismos. Y cómo subrayamos nuestros errores, nuestros traumas y nuestros miedos. Al igual que a una mujer se le dice “compórtate como una mujer”, para los hombres es una carga en los hombros muy grande lo de “compórtate como un hombre, los hombres no lloran, un hombre no hace tal cosa…”.

Es importante hacer en el público global esta reflexión, cómo los hombres también tenemos nuestros traumas provocados por nosotros mismos. Y cómo uno mismo se siente poco hombre, porque está hablando con un hombre más alto, o que le da la mano más fuerte… esos traumas que tenemos de masculinidad frágil.

Cuando hacemos la obra para público del colectivo gitano, es muy interesante también porque para ellos Rukeli es un héroe. Todos conocemos a Ana Frank porque es un símbolo de resistencia del Holocausto, pero nadie conoce el símbolo de resistencia del Porraimos. De hecho, nadie sabe lo que es el Porraimos, que es la persecución de los gitanos y gitanas de la época. Entonces lo primero que hacen es agradecer que pongamos sobre el escenario a Rukeli, un símbolo y un héroe de la cultura gitana. Y luego escuece porque contamos una historia de gitanos, también la actual, la de los 80, la de Saúl, en la que como todos estamos repensándonos y todo está avanzando y adaptándose a las nuevas necesidades que tenemos todas y todos.

Y después de escocer, termina gustando. Y te dan las gracias. Todos me preguntan si soy gitano, y tengo que explicar que no, que soy actor, y que tampoco soy boxeador ni alemán. Y empiezas a hacer el símil de puedo hacer de alemán sin serlo, y hacer de alemán sin serlo. Sí que soy andaluz y mi sangre está mezclada con la gitana por supuesto y he vivido en un entorno gitano. Soy de Cádiz y conozco muy bien esa cultura.

Entonces yo creo que primero sorprende, luego escuece y luego se agradece. Creo que son los tres pasos de aceptación de la obra en la cultura gitana.

E. ¿Qué ha supuesto para ti escribir e interpretar una obra sobre el Holocausto en teatro?

Jesús. El Holocausto y la Alemania nazi, más allá de la crueldad y la dura realidad, es un espacio común dentro de la literatura y del imaginario. A veces es peligroso, porque por querer darlo a conocer a veces se romantiza y se cae demasiado en la ficción. Yo no quería hacer otro testimonio más sobre el Holocausto porque yo creo que hay gente que ya lo ha hecho y lo ha hecho muy bien. Tenemos muchas películas, muchos libros y muchas obras de teatro. Y hay algunas que son maravillosas de las que yo he aprendido mucho como persona y como dramaturgo.

Entonces quería contar la historia de Rukeli, pero no del Rukeli mártir, sino de la persona. Parece que cuando pasa el Holocausto todos son víctimas, pero antes del Holocausto eran personas, eran panaderos, músicos, profesores, esposas, esposas, niños, boexeadores… quería contar la historia de cómo una persona, como Rukeli, termina convirtiéndose en víctima.

La obra dura 90 minutos, y creo que es hasta el minuto 80 Rukeli no entra en un campo de concentración. Todo lo demás trata sobre cómo Rukeli apoya el nazismo, porque no se nos puede olvidar cómo el discurso de la ultraderecha y del nazismo caló sobre los propios gitanos y sobre los alemanes. Rukeli era alemán y se quejaba de que él era alemán y aquí había un tipo que hablaba en la radio y que estaba diciendo que la culpa de que yo (referido a Rukeli) sea pobre es de los que vienen de fuera, es de los judíos… Y a partir de ahí él empieza a asumir ese discurso hasta que se convierte en víctima de ese propio discurso.

Y eso es lo que yo quería contar. Cómo hay que tener cuidado con esos discursos y como tenemos que pensar por nosotros y nosotras mismos porque no se sabe cuándo esos discursos se van a volver contra nosotros. Y esa es otra de las historias que cuenta Puños de harina.

E. ¿Cómo ha sido el proceso creativo de "Puños de harina"?

Jesús. Yo lo primero que tengo es el detonante de la historia de El País, en la que yo escucho la historia y con la que la historia viene a mí. Y yo la dejo en una carpeta que tengo en el ordenador, que es “Carpeta para pensar”. Aquí quiero decir que yo leo todos los días todos los periódicos online, como unos cuatro o cinco por la mañana, y paso siempre al final del todo, a las noticias menos interesantes, que para mí son las más interesantes. Porque son las de sucesos, las de cultura o las de onomástica y es donde conoces más allá del día a día. El día a día suele estar más contaminado por la idea política de cada periódico, pero de cincuenta años para atrás la idea política se desvanece un poco y ahí se empiezan a contar cosas interesantes.

Cuando quise escribir y documentarme algo sobre masculinidad y feminismo, recordé esta historia y la recuperé. A partir de ahí me centro en la historia de Rukeli y empiezo a comprarme todos los libros que existan alrededor. En mi casa tengo una librería en la que por baldas tengo todo lo relacionado con las obras que estoy haciendo. Ahora, por ejemplo, estoy con Lora, pues tengo todo lo de Lorca. Y así, me lleno la cabeza de documentación, y luego, como no quiero hacer nunca una obra biográfica, tengo que convertir todo eso en ficción. Tengo que intentar que el público le coja cariño a Rukeli.

La parte de la dramaturgia es un poco complicada porque Rukeli, te lees la biografía y te cae mal. Rukeli es un boxeador, es un poco agresivo, era un poco chulesco porque era un sex symbol de la época, era alguien machista, era alguien que estaba en contra de los judíos. Y entonces dices, cómo hago que alguien le coja cariño a esta persona para que cuando llega el momento en el que lo asesinan, de pena. Y digas es un humano con errores como yo, y racista como yo y machista como yo. Todos en su justa medida.

Entonces empiezo a ficcionar la historia real. Por ejemplo, en el caso de Rukeli, el hecho real que lo hace héroe es que sale al cuadrilátero con todo el cuerpo lleno de harina para ridiculizar el blanco ario, y con el pelo lleno de yema de huevo para ser rubio, para decir ¿soy ya lo suficientemente alemán para vosotros? Y a partir de ahí lo llevan de un campo de concentración a otro hasta que lo asesinan. Para que ese momento de la harina no se algo fortuito pues yo me invento que la abuela es panadera y yo me invento que la abuela, cuando él es pequeño, le llena toda la cara de harina y le dice “ahora ya eres invisible. El monstruo no puede verte así que vete a dormir tranquilo”. Cuando pasa el tiempo, Rukeli llega a este momento en el que el monstruo es Hitler y dice “hoy la harina de mi abuela no me va a hacer invisible, sino que va a hacer que Hitler vea al gitano más grande del mundo y se va a callar cuando yo hable”.

Entonces ese elemento de harina se convierte en ese elemento mágico que tiene un significado especial. Así conectas con la abuela, conectas con el momento en el que él era pequeño, conectas con todo y le terminas cogiendo cariño a Rukeli. Es un Rukeli frágil y débil, que por mucho que diga que está en contra de los judíos, te explica el por qué y terminas entendiéndole. Y diciendo es que yo en ese momento hubiera hecho lo mismo porque es un momento en el que todos están intentando salvarse. Y siempre hay alguien más al margen que tú.

Por ejemplo, cuando te hacen bullying en el cole. Dices bueno yo soy gordito, pero es que ese otro es gordito y negro. Siempre se va a por alguien más. Y eso es lo que yo trato de explicar con Rukeli, no que te quedes con una historia biográfica, tu no sales diciendo he contenido la historia de un boxeador, pero sí te vas con la reflexión de cuantas veces me he tragado un discurso de odio, cuantas veces he marginado al lado.

E. ¿Crees que la persecución a otros colectivos, que no fueron los judíos, durante el Holocausto es conocida suficientemente en España?

Jesús. Para nada. La historia la cuenta quien tiene el poder de contarlo y los gitanos nunca han tenido ni tierra ni poder. Los judíos tampoco, pero sí que han tenido algo de poder, sí han podido contar su historia, sí les hemos dejado en Europa. Hay un sentimiento de culpa europeo, pero no lo hay en cuanto a los gitanos. Porque los gitanos siguen siendo marginados. Tenemos un montón de refranes contra los gitanos. Hasta hay un dulce, que es el brazo de gitano, y que lo llaman así porque tiene cosas dentro de la manga, como para decir que los gitanos siempre roban. Hasta ese punto lo tenemos metido en la cabeza.

La Porraimos la sufrieron 500.000 gitanos y gitanas que murieron. Y no la conoce nadie. Parece que con el Holocausto ya cubrimos el sentimiento de culpa. Y se persiguieron a homosexuales, discapacitados, negros, a todo el que no fuera ario. Y los gitanos eran más arios que los arios porque descubrieron que los gitanos eran lo arios primerizos que había huido a India y que volvían a India. Y pensaron: cómo un ario más ario que yo va a tener la piel morena, hay que exterminarlos.

E. ¿Qué has aprendido tú, Jesús, como actor en el proceso de creación de esta obra?

Jesús. Lo mejor actor o lo único bueno es que te permite vivir muchas vidas en una.

He estado durante cuatro años, y me quedan otros dos, haciendo Puños de harina y yo no tenía ni idea de boxeo. Mi cuerpo era diferente y gracias a Rukeli empecé a boxear y he aprendido a quitarme la repulsa que tenía contra el boxeo. Y ahora me encanta boxear, amo a mis compañeras y compañeros de boxeo. Yo me he acercado al boxeo y ellos se han acercado al teatro y eso es muy bonito verlo.

A mí me ha dado, por un lado, el respeto hacia mi cuerpo como templo. Porque el boxeo puede parecer solo puñetazos, pero hay una filosofía de cuidado, no solo físico, sino también de tu cuerpo como templo. Hay algo ahí muy interesante.

Y en la parte personal he aprendido que me queda muchísimo por aprender con respecto a mi masculinidad frágil. Yo no sé todavía lo que significa ser un hombre y yo no sé qué tipo de hombre quiero ser todavía. Y creo que es algo bonito estar en el camino. Y creo que parte de ser un hombre significa preguntártelo y no tener la respuesta. La obra pregunta qué es ser un hombre de verdad, y yo no tengo la respuesta. Porque yo no doy clases desde el escenario. Yo te hago mi pregunta y tú haz lo que quieras con ella.

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